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sábado, 19 de febrero de 2011

Obviamente los piojos no me favorecen


Los que me conocen saben que tengo mucho pelo. Los que no, ahora se están enterando. El tema es que no solo tengo mucho pelo, sino que también tengo muchos rulos. Demasiados. Ustedes se preguntarán cuál es el drama. Muy sencillo: LOS PIOJOS.


En el verano del 99’ fui a nadar a la piscina de una amiguita. En ese entonces yo tenía siete años. La tarde era hermosa, nos estábamos divirtiendo un montón, pero pronto algo llamó mi atención, “¡qué genial está el agua, no me arden los ojos!” Claro que no me ardían: la piscina no tenía cloro.

Cuando llegué a mi casa no dejaba de rascarme la cabeza. Después del piojicida, vinagre y cedro santo, mis padres me llevaron al patio y empezaron a sacarme los piojos en la pileta de lavar ropa. Cuando llegaron al caminante número 50 decidieron que no tenían más remedio. Se miraron a los ojos y con convicción asintieron sus cabezas. “Hay que raparla”.

No quedé pelada totalmente, tan crueles no podían ser. ¡Pero sí que mi pelo estaba corto! “Quedaste re-linda Sofi, además, el pelo crece mi amor”. Horrible, simplemente horrible.

El problema es que no solo tenía el pelo más corto que cualquiera de los chicos de mi cuadra, sino que ese año, entraba a un colegio nuevo.

Era la nueva de 2º año en el Lester House School. Integrarse en un grupo ya formado siempre es difícil y más siendo la única nena de todo el cole con el pelo así. Yo no era única y especial, era rara.

Por abril o mayo de ese año nuestra maestra de inglés anunció que se tenía que ir del Lester, pero que iba a venir otra para suplantarla. Se llamaba Mery. Pidió que nos portáramos bien y que la hiciéramos sentir como en su casa.

El día que vino a conocernos sentí que tenía que debía tratarla de una forma amigable. Yo sabía muy bien lo que era ser la nueva, así que le propuse un juego. “¿Viste que nuestros nombres están en la cartelera? ¿Qué te parece si los vas leyendo y adivinás quién es quién?” A Mery le gustó la idea y empezamos a jugar.

En la clase éramos once alumnos, así que nos sentábamos en semicírculo para poder vernos entre todos. La teacher estaba en el medio. Empezó a leer nuestros nombres colgados de la pared. Con los labios apretados y los ojos entrecerrados nos miró uno a uno. Yo tenía los brazos cruzados sobre la mesa y mi mentón apoyado en uno de mis antebrazos. Mery se detuvo al mirar a Sebastián y convencida gritó: “¡vos sos Nicolás!” Seba movió su cabeza de lado a lado y Mery siguió buscando.

“¡Romina!” Pero estaba mal otra vez, era Florencia. Miró la cartelera de nuevo y empezó a caminar en el espacio que había entre nuestros bancos. “No me puedo equivocar otra vez”. Aminoró su marcha y cuando llegó a mí se detuvo. Con la mano izquierda en la barbilla y con el índice derecho apuntándome me miró a los ojos y más segura que nunca exclamó: “¡vos! ¡Vos sos Víctor!”

¡Me caigo y no me levanto! ¡Víctor me tenía que decir! No había nombre más viril. En todo caso que me dijera Guille pensando que era Guillermina, o Ale por Alejandra. Pero no. Durante el 99’ fui Víctor; la nueva de pelo raro.



Para que se rían un ratito...